Es una pregunta que me hago a menudo cuando leo entrevistas a deportistas o entrenadores, titulares de prensa, foros de internet, etc. Y no porque sea mi campo de actividad profesional, sino porque a veces no llego a entender por qué teniendo un recurso como la psicología deportiva tan a mano, no se usa, por mil razones diferentes, muchas sin fundamento.

Me apetecía escribir sobre el tema desde hace un tiempo, ya que tras la retirada del ciclista profesional de carretera Andy Schleck, surgió un debate en twitter sobre su débil fuerza mental, que no acompañaba a unas cualidades físicas portentosas. Y el por qué teniendo los recursos que tiene una estructura profesional pro-tour, parecía que el de Luxemburgo nunca había trabajado los aspectos psicológicos. Como es lógico, todo suposiciones, ya que puede que sí trabajara con profesionales de la psicología del deporte, pero al menos, aparentaba no ser así. Y por tanto este post es más una reflexión escrita que un artículo práctico como otros de la página, quizás más dirigida hacia quienes compiten o realizan marchas muy exigentes, y no centrada en el mundo del profesionalismo.

Vosotros mismos o compañeros de pedales, seguramente habéis pasado por una evolución parecida a la siguiente: Comienzas a montar en bicicleta, poco a poco vas evolucionando, cada vez más kilómetros, salidas más complicadas, con más ciclistas. Un día decides ir a una marcha o una carrera y descubres otro mundo. Cada vez hay más ganas de mejorar. El siguiente paso, contratar un preparador físico o entrenador de ciclismo. Sigues progresando pero quieress más. Pasas a visitar al fisio cada poco tiempo, ir a un nutricionista o médico. Te haces estudios biomecánicos. Y por supuesto, a la misma vez mejorar tu bicicleta, componentes, ropa, zapatillas, etc. Todo con el objetivo de hacer mejores tiempos, quedar más arriba en las clasificaciones, acabar marchas cada vez más duras o simplemente superarte a ti mismo.

Pero ¿Qué pasa con nuestra mente? La gran olvidada y en último término el motor de todo lo demás. Si ella no “funciona” da lo mismo lo que te hayas preparado y sacrificado para lograr tus objetivos. Y es más, cuando falla, a menudo lo achacamos a “entrenar poco” y dedicamos más tiempo a dar pedales pero sin poner remedio a lo que realmente puede causar nuestro bajo rendimiento.

Porque lo mental también se entrena, aunque a mucha gente le pueda parecer raro, unas veces por desconocimiento y otras por “no parecer débil”  u otras ideas que perduran en nuestra sociedad respecto a la psicología, como que es algo para los “locos” o el miedo a que “vean dentro de nosotros”.

Creo haber comentado en algún artículo, que cualquier  deporte de competición, y el ciclismo no es diferente, basa su preparación en cuatro aspectos, el físico, el técnico, el táctico y el mental. No se discute el entrenamiento de los tres primeros, pero el mental, como os acabo de decir, se ignora, por desconocimiento o por miedo al qué dirán. Por suerte, la tendencia en los últimos años es incluir el entrenamiento psicológico como una parte más de la preparación, dándole la importancia que realmente tiene, y siendo cada vez valorado de un modo más positivo tanto por los deportistas como por los entrenadores y otras personas afines a los primeros.

La realidad nos dice que un ciclista o entrenador acude a un psicólogo deportivo cuando ya hay un problema que no permite rendir adecuadamente y que no se sabe cómo afrontar ni solucionar. Casi siempre, estas dificultades pueden solventarse con un trabajo psicológico adecuado, y sobre todo cuando se cuenta con la colaboración de todas las partes.  Lo curioso es que una vez el problema se ha resuelto, lo mental vuelve al ostracismo en el que estaba, cuando suele ser un buen momento para incluirlo dentro del entrenamiento como un aspecto más, no algo diferente ni sin importancia.

Si desde el principio se incluye el entrenamiento psicológico, el ciclista lo verá como algo natural, no forzado por las circunstancias, ya que además mucha parte de él, se lleva a cabo al mismo tiempo que se realiza el entrenamiento físico o técnico, durante una salida, en competiciones, etc. Vamos, que no va a suponer dedicar más tiempo del poco que se tiene libre en la mayoría de las cosas que se trabajan con la psicología. Además, las diferentes herramientas y recursos que el ciclista (o el entrenador) va aprendiendo, le servirán para poder anticiparse a los problemas que puedan aparecer, y sobretodo, saber cómo afrontarlos y qué hacer para superarlos con solvencia.

¿Qué supone? Pues que la motivación siempre se va a mantener durante toda la temporada sin vaivenes, que la autoconfianza va a ser mayor al saber el deportista que posee recursos suficientes para afrontar y superar cualquier obstáculo y controlar las cosas que dependen de él, los niveles de estrés van a ser mucho menores ya que sabrá identificar los síntomas del mismo cuando aparezcan y la tranquilidad que supone saber hacerles frente, la atención será mucho mejor al conocer de antemano qué es en lo que importante que hay que atender en cada momento y situación y podrá controlar su nivel de activación al tener claro cuál es el que necesita en cada tipo de marcha o carrera. Del mismo modo, contará con recursos como saber planificar adecuadamente las competiciones y los entrenamientos en el aspecto psicológico y evaluarlas de un modo objetivo, con técnicas para el control de los pensamientos que interfieren en el rendimiento, técnicas de imaginación para mejorar en aspectos como las bajadas o las trialeras o cualquier miedo que pueda tener, técnicas de relajación y respiración…

Por tanto, hacer este trabajo desde el principio, está claro que supone una ventaja, y dota a la persona de muchos recursos.

Y aunque suene corporativista, si nos decidimos a realizar el entrenamiento psicológico, lo aconsejable es contar con un psicólogo especializado en psicología deportiva, que es quien cuenta con la formación y experiencia adecuadas para poder guiar al deportista, a pesar de que hay un gran número de otros profesionales que a menudo realizan esta labor.

Así que os hago de nuevo la pregunta con la que comenzaba este artículo ¿Por qué no un psicólogo deportivo?

 

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